Luz que no pide permiso: el gran censo pendiente de los organismos luminosos del Atlántico ibérico
Photo: HulloThere, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons
A trescientos metros bajo la superficie del Atlántico, donde la última molécula de luz solar se disuelve, la noche no está vacía. Está poblada de destellos azules, chispas verdes y resplandores intermitentes que constituyen, probablemente, la forma de comunicación más extendida del planeta. Y sin embargo, según coinciden los biólogos marinos consultados por Proyecto Atlántida, la inmensa mayoría de los organismos que producen esa luz siguen siendo desconocidos para la taxonomía formal.
Un idioma químico escrito en el abismo
La bioluminiscencia no es magia ni un capricho evolutivo: es una reacción química en la que una molécula llamada luciferina se oxida en presencia de la enzima luciferasa, liberando fotones en el proceso. Distintos linajes —peces hacheta, medusas, calamares vampiro, crustáceos copépodos— han resuelto el mismo problema bioquímico por caminos independientes, un ejemplo clásico de evolución convergente.
Para qué sirve depende de quién emite el destello. Algunos depredadores, como el pez rapé de profundidad, utilizan un señuelo luminoso para atraer presas. Otras especies emplean el destello como cortina de humo: una nube brillante que confunde al atacante mientras su dueño escapa en la oscuridad. Y un tercer grupo usa la luz como medio de reconocimiento entre congéneres, un código de emparejamiento que solo los ojos adaptados al abismo pueden leer.
El Atlántico ibérico, laboratorio infraexplorado
El margen continental español, desde el golfo de Cádiz hasta las aguas gallegas, presenta cañones submarinos y montes marinos que actúan como puntos calientes de biodiversidad profunda. Las campañas oceanográficas realizadas con sumergibles y vehículos operados remotamente han documentado pulsos bioluminiscentes masivos en la columna de agua, pero la identificación de las especies implicadas avanza a un ritmo muy inferior al del descubrimiento.
«Cada inmersión devuelve imágenes de organismos que no aparecen en ninguna clave de identificación publicada», explica un investigador que participó en recientes campañas en el golfo de Cádiz. «Tenemos la grabación, tenemos la muestra parcial en algunos casos, pero describir formalmente una especie exige especímenes completos, análisis morfológicos y, cada vez más, secuenciación genética. Es un cuello de botella de personal y financiación, no de interés».
La cifra que circula en la comunidad científica es elocuente: se estima que hasta un noventa por ciento de los organismos bioluminiscentes del océano permanecen sin nombre formal. En un océano donde se calcula que tres de cada cuatro animales grandes emiten luz en algún momento de su ciclo vital, se trata posiblemente del mayor déficit de inventario de la historia natural.
Contar destellos desde la superficie
Una de las líneas de trabajo más prometedoras no requiere descender hasta el abismo. Los copépodos bioluminiscentes, diminutos crustáceos que habitan aguas menos profundas, dejan un rastro de destellos al ser perturbados. Investigadores de universidades españolas han perfeccionado un método para cuantificar estos destellos desde muestras recogidas en superficie, obteniendo así un indicador indirecto de la abundancia de vida luminosa en la zona mesopelágica.
La técnica, accesible para equipos con presupuestos modestos, abre la puerta a que centros de investigación españoles y grupos de buceo científico contribuyan a un censo que hasta hace poco exigía buques oceanográficos. En un contexto de calentamiento y acidificación de las aguas del Atlántico nororiental, disponer de series temporales sobre estas comunidades resulta imprescindible: los organismos mesopelágicos transportan carbono hacia el fondo marino y son una pieza clave del clima global.
La urgencia de poner nombres
Nombrar una especie no es un trámite burocrático. Sin nombre no hay protección legal posible, no hay evaluación de riesgo, no hay línea base frente a la cual medir el impacto de la pesca de profundidad o de la minería submarina. Los biólogos entrevistados coinciden en que la próxima década será decisiva: los cañones submarinos del margen ibérico son accesibles con la tecnología actual, y lo que no se catalogue ahora puede desaparecer antes de ser conocido.
El fondo oceánico lleva cientos de millones de años encendiendo sus propias luces. A la ciencia le queda la tarea, modesta y urgente a la vez, de empezar a apuntar los nombres de quienes las llevan.