Un mar que se vuelve más ácido: la transformación silenciosa del Estrecho entre Tarifa y Algeciras
Photo: Symbiosis, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Cada día, una parte del dióxido de carbono que emitimos a la atmósfera no permanece en el aire: se disuelve en el mar. La reacción química que se desencadena —la formación de ácido carbónico y la consiguiente bajada del pH del agua— se conoce como acidificación oceánica, y aunque suene a problema lejano, sus efectos ya se miden en el estrecho de Gibraltar, ese corredor marino de apenas catorce kilómetros que separa Tarifa de Algeciras y que concentra una biodiversidad extraordinaria.
Qué significa exactamente que el mar se acidifique
Desde el inicio de la era industrial, el pH medio de la superficie oceánica ha descendido aproximadamente 0,1 unidades. Puede parecer una cifra irrelevante, pero la escala del pH es logarítmica: eso equivale a un aumento de la acidez de en torno al 30 %. Los investigadores del Instituto Español de Oceanografía (IEO) explican que el proceso es imparable mientras las emisiones continúen: el océano absorbe cerca de una cuarta parte del CO₂ antropogénico cada año.
La consecuencia química más crítica es la disminución de los iones de carbonato en el agua. Muchos organismos marinos —corales, mejillones, erizos, y de forma destacada las algas calcáreas— necesitan esos iones para construir sus estructuras de carbonato cálcico. Con menos carbonato disponible, construir el esqueleto se vuelve más costoso energéticamente y, en casos extremos, las estructuras ya formadas pueden empezar a disolverse.
El laboratorio natural del Estrecho
El estrecho de Gibraltar es un lugar privilegiado para estudiar estos cambios. Sus corrientes, que alternan masas de agua atlántica y mediterránea, crean gradientes naturales que funcionan casi como un experimento a escala real. Los biólogos del Centre d'Estudis Avançats de Blanes (CEAB-CSIC) que trabajan en la zona describen un fenómeno preocupante: las praderas de fanerógamas marinas y las comunidades de algas que tapizan los fondos rocosos entre Punta Marroquí y la isla de Las Palomas muestran signos de estrés frente a aguas más ácidas.
La Posidonia oceanica, la planta marina endémica del Mediterráneo que forma auténticas praderas submarinas, actúa como sumidero de carbono y como vivero para decenas de especies de peces. Un entorno más ácido altera su capacidad de fijación de carbono y modifica el equilibrio con las algas invasoras, que en ocasiones se ven favorecidas. La consecuencia es una cadena de efectos: menos refugio para los alevines, cambios en la dieta de las lubinas y doradas juveniles, y una reconfiguración lenta pero constante de las comunidades de peces que sustentan tanto a la pesca artesanal como al buceo recreativo de la comarca de La Janda y el Campo de Gibraltar.
Datos que se pueden tocar: las infografías
Para que este fenómeno no quede encerrado en los informes científicos, Proyecto Atlántida ha elaborado una serie de infografías divulgativas que acompañan este reportaje. Entre ellas destacan tres:
- El reloj del pH: una línea temporal que muestra la caída de la alcalinidad del océano desde 1850 hasta la actualidad, con proyecciones hasta 2100 según los escenarios de emisiones.
- El mapa del Estrecho: una representación de los puntos de muestreo entre Tarifa y Algeciras donde se miden la temperatura, la salinidad y el pH del agua de forma periódica.
- La escala de la vida: un esquema comparativo que ilustra qué organismos construyen con calcita, cuáles con aragonito y cuáles son más vulnerables a la acidificación.
Estos recursos pueden descargarse de forma gratuita y están pensados para su uso en aulas, centros de interpretación y actividades de divulgación en la región.
La voz de quienes miden el cambio
Los testimonios recogidos entre los equipos del CEAB y del IEO coinciden en un matiz importante: la acidificación no actúa sola, sino que se suma al calentamiento del agua y a las olas de calor marinas cada vez más frecuentes. Esa combinación de factores de estrés es la que preocupa a los científicos. «Un organismo puede adaptarse a una presión; lo que resulta difícil es adaptarse a varias al mismo tiempo», resume uno de los investigadores consultados.
La buena noticia es que los fondos del Estrecho aún conservan zonas de referencia —praderas bien conservadas, arrecifes con comunidades intactas— que permiten comparar y entender qué hace que unos enclaves resistan mejor que otros. Esa información es clave para orientar las medidas de protección, desde la gestión de las reservas marinas hasta la reducción de presiones locales como la contaminación costera.
Cómo participar: ciencia ciudadana desde la costa
La investigación oceánica necesita ojos, y los ciudadanos pueden serlo. Estas son algunas propuestas prácticas para involucrarse:
- Programas de observación de fanerógamas: iniciativas de seguimiento de praderas marinas en las que buceadores formados registran el estado de las manchas de posidonia con fichas estandarizadas.
- Redes de medición de temperatura y salinidad: proyectos que distribuyen sensores sencillos entre clubes de buceo y centros educativos para generar series de datos de largo plazo.
- Fotografía de referencia submarina: documentar los mismos puntos de inmersión en Tarifa, Cala Arenillas o la isla de Tarifa a lo largo del año, aportando imágenes comparables que complementan las campañas científicas.
- Participación en campañas de muestreo abiertas: varias instituciones convocan voluntarios para salidas costeras de recogida de datos, especialmente en primavera y verano.
Un compromiso con el archivo vivo del mar
En Proyecto Atlántida creemos que entender el océano es la primera condición para protegerlo. La acidificación es un proceso invisible, sin imágenes espectaculares, pero sus efectos se insinúan ya en los jardines submarinos del Estrecho. Documentarlos hoy, con rigor y con la ayuda de la ciudadanía, es la mejor manera de dejar constancia de lo que está en juego y de orientar las decisiones que determinarán cómo será este mar dentro de una generación.