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Donde el agua dulce rompe la sal: inmersión en los fresales del Parque Natural del Estrecho

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Donde el agua dulce rompe la sal: inmersión en los fresales del Parque Natural del Estrecho

Photo: Fredlyfish4, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

A diez metros de profundidad, frente a la ensenada de la Playa Chica en Tarifa, la columna de agua se distorsiona de forma súbita. El visor de la máscara se empaña, la temperatura desciende un grado y el agua parece temblar, como si el propio mar dudara de sí mismo. No es una corriente: es un fresal. Un manantial submarino de agua dulce que brota del acuífero costero y se abre paso entre la roca para fundirse, en cuestión de metros, con el Atlántico más salino.

Estas surgimientos —los buzos antiguos los llamaban fresales por la frescura del agua— son uno de los fenómenos menos documentados del litoral andaluz. El equipo de Proyecto Atlántida se sumó a una serie de inmersiones de prospección dentro del Parque Natural del Estrecho para entender por qué estos puntos discretos podrían ser mucho más importantes de lo que su tamaño sugiere.

Un río que corre bajo el mar

Los fresales nacen de la lógica hidrogeológica más elemental: cuando un acuífero continental queda en contacto con el nivel del mar, el agua dulce —menos densa— encuentra salidas naturales a través de fracturas, cuevas y grietas kársticas. En la comarca de Tarifa y en buena parte del Campo de Gibraltar, la proximidad de la sierra al litoral convierte la franja costera en un mosaico de descargas submarinas.

«Hay puntos donde puedes meter la mano y notar el agua dulce fría saliendo de la roca», explica un buceador local con más de tres décadas de inmersiones en la zona, que prefiere no ver su nombre asociado a las coordenadas exactas. «Los pescadores de caña siempre lo supieron: donde el agua tiembla, hay fresal, y donde hay fresal, hay peces.»

Ese saber empírico coincide con lo que registran los instrumentos. En las campañas de caracterización se emplean sondas multiparamétricas que miden conductividad, salinidad y temperatura a intervalos de segundos. Sobre un surgimiento activo, la salinidad puede desplomarse varios puntos por debajo del valor ambiental del Estrecho —que oscila típicamente entre 36 y 37 unidades prácticas— mientras la temperatura cae de forma perceptible. La señal, dibujada en un gráfico, tiene la forma de una aguja: un episodio breve pero inequívoco de agua continental en pleno dominio marino.

Oasis de biodiversidad en un mar de contrastes

El Estrecho de Gibraltar es, hidrológicamente, uno de los lugares más dinámicos del planeta: dos masas de agua se cruzan a distinta profundidad, las corrientes superan con frecuencia los tres nudos y el sustrato rocoso sostiene comunidades de gorgonias, coralígeno y algas fotófilas. En ese escenario agitado, los fresales funcionan como anomalías locales que reorganizan la vida a su alrededor.

El agua dulce aporta nutrientes disueltos y materia orgánica procedente del acuífero, y crea gradientes de salinidad que ciertas especies explotan de forma selectiva. En las proximidades de los surgimientos se han observado concentraciones mayores de peces litorales, crías que usan la zona como refugio y comunidades de invertebrados oportunistas. No es casualidad: un fresal es, en miniatura, lo que un estuario es a escala de bahía. Un ecotono, un lugar donde dos mundos se mezclan y donde la vida se concentra.

«Trabajamos con la hipótesis de que los fresales actúan como puntos calientes funcionales», señala uno de los investigadores que participa en la prospección. «No por su extensión, que es mínima, sino por su papel en el ciclo de nutrientes y como refugio en momentos críticos del ciclo biológico de varias especies.»

Lo que amenaza al agua que sale del acuífero

La vulnerabilidad de estos sistemas es la de su origen. Todo lo que se infiltra en el acuífero —nitratos agrícolas, vertidos urbanos, contaminantes emergentes— puede volver a aparecer, sin filtrado adicional, en el punto de descarga submarina. Un acuífero degradado convierte el fresal de oasis en fuente de presión: hay documentación en otros litorales mediterráneos de surgimientos que hoy expulsan agua dulce con concentraciones de nitratos capaces de alterar la comunidad bentónica circundante.

El cambio climático añade una segunda amenaza, más silenciosa. La reducción de la recarga de los acuíferos por la disminución de la pluviometría y el aumento de la extracción para uso urbano y turístico puede bajar el nivel freático hasta el punto de que el surgimiento simplemente se apague. Cuando un fresal deja de fluir, el microhábitat desaparece con él, y con él la función ecológica que sostenía.

Por eso la caracterización de estos puntos tiene urgencia de inventario: sin línea base, nadie sabrá mañana qué se ha perdido.

Del buceo con brújula a la cartografía del invisible

Localizar y seguir un fresal exige una combinación poco convencional de técnicas. Los buceadores experimentados aportan el conocimiento del terreno —el temblor del agua, el sabor salobre en los labios a través del regulador, las manchas de sedimento claro que delatan la descarga—. Sobre esa base, los equipos científicos despliegan las sondas de conductividad, registradores de temperatura y, en campañas recientes, drones acuáticos capaces de barrer la costa detectando las anomalías de salinidad que delatan cada surgimiento.

El objetivo a medio plazo es doble. Primero, un inventario riguroso de los fresales activos del Parque Natural del Estrecho, con sus coordenadas, caudales estimados y calidad del agua. Segundo, un seguimiento estacional que permita entender cómo responden estos sistemas a los ciclos de lluvia y sequía, y qué especies dependen de ellos.

Proteger lo que apenas se ve

Los fresales no figuran en los catálogos de hábitats protegidos con la claridad con que lo hacen las praderas de fanerógamas o los arrecifes. Son, literalmente, invisibles desde la superficie. Sin embargo, forman parte del capital natural del Estrecho igual que las aves migratorias que cruzan por encima de él: un fenómeno de frontera, frágil y esencial.

La siguiente vez que alguien se bañe en una cala tarifeña y note el agua extrañamente fría y turbulenta en un punto preciso, hará bien en pensarlo dos veces antes de atribuirlo a la corriente. Puede que esté, sin saberlo, sobre una de las fuentes más discretas y más valiosas del litoral andaluz: un río que corre bajo el mar y que, si dejamos que se seque, no volverá a brotar.

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