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El plumaje del viento: qué revelan las aves marinas del Estrecho sobre la salud del océano

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El plumaje del viento: qué revelan las aves marinas del Estrecho sobre la salud del océano

Photo: shearwater seabirds flying Gibraltar strait Tarifa coast, via birdingthestrait.com

Desde los acantilados de Punta Camarinal o el faro de Punta Carnero, en una tarde de levante es posible ver el cielo poblarse de siluetas blancas. No se trata de un espectáculo meramente estético: cada bandada de pardelas que atraviesa el Estrecho de Gibraltar transporta información valiosa sobre lo que ocurre, kilómetros mar adentro, en las aguas del Atlántico y el Mediterráneo.

En Proyecto Atlántida dedicamos esta entrega a un grupo de vigías poco reconocidos: las aves marinas. Porque, aunque no lleven instrumentos de medición, su plumaje, sus colonias y sus rutas de alimentación constituyen uno de los registros más fiables de la salud del océano ibérico.

Un corredor aéreo entre dos mares

El Estrecho funciona como un embudo biológico. Cada año, entre los meses de primavera y verano, decenas de miles de pardelas cenicientas (Calonectris diomedea) y pardelas baleares (Puffinus mauretanicus) realizan migraciones que las llevan desde el Mediterráneo hasta las aguas frías del Atlántico nororiental. A ellas se suman los paíños europeos, los alcatraces atlánticos y las gaviotas patiamarillas, que aprovechan las corrientes de la zona para desplazarse con un gasto energético mínimo.

Este trasiego convierte a Tarifa y su entorno en uno de los mejores puntos de observación de aves marinas de Europa. Pero también en un laboratorio natural: los científicos saben que lo que ocurre en el estrecho refleja, casi en tiempo real, la situación de los caladeros de pesca en un radio de cientos de kilómetros.

El termómetro del mar

Las aves marinas se sitúan en la cima de la cadena trófica. Dependen de bancos de peces pequeños —sardinas, boquerones, especies de la familia de los lámpridos— que, a su vez, responden a la temperatura del agua, a la productividad del fitoplancton y a la presión de la pesca comercial.

Cuando los peces escasean, las consecuencias son visibles con una rapidez que pocos otros indicadores permiten: los adultos tardan más en regresar al nido, los polluelos pierden peso, el éxito reproductor se desploma. Las colonias funcionan así como estaciones de control biológico, y su seguimiento año tras año dibuja una curva que los gestores de pesquerías pueden contrastar con los datos de capturas y con las campañas oceanográficas.

Un declive sostenido en una colonia de pardelas no suele ser un problema aislado: es la señal de que algo se ha alterado más abajo en la cadena, ya sea por sobrepesca, por episodios de calentamiento marino o por la contaminación. En el golfo de Cádiz, varios episodios de varamientos y de mortalidad masiva de aves marinas se han asociado precisamente a estos desajustes.

Contar aves para leer el océano

El seguimiento de estas poblaciones no es tarea exclusiva de los laboratorios. Desde la costa, y con una preparación relativamente accesible, cualquier persona puede contribuir a los censos de aves marinas que se organizan periódicamente en el litoral andaluz.

El método habitual es el del censo desde puntos fijos: los voluntarios se sitúan en ubicaciones estratégicas —miradores, espigones, cabos orientados al viento— durante periodos determinados, normalmente en las primeras horas de la mañana, cuando las aves regresan del mar hacia sus colonias. Se registran las especies, el número de individuos, la dirección de vuelo y las condiciones meteorológicas, datos que después se consolidan en las bases de estado de conservación.

Para quienes deseen iniciarse, las recomendaciones básicas son sencillas:

Participar en estos censos no solo aporta datos a la investigación: también entrena la mirada. Quien pasa varias mañanas contando pardelas acaba entendiendo el mar de una manera distinta, atento a las manchas de alimentación, a los grupos que siguen a los barcos pesqueros y a los momentos en que, de repente, el cielo se queda vacío.

Lo que indica el declive

Varias especies de aves marinas que frecuentan el Estrecho figuran en situaciones de conservación delicadas. La pardela balear, por ejemplo, está considerada una de las aves marinas más amenazadas de Europa, y su población reproductora continúa disminuyendo por la combinación de capturas accidentales en artes de pesca, la predación por especies introducidas en las colonias y la variabilidad de sus presas.

El mensaje que transmiten estos declives es claro y va más allá de la ornitología: cuando las aves marinas se reducen, las reservas de pesca y la estructura de todo el ecosistema marino están bajo presión. Proteger sus colonias, regular las artes de pesca más problemáticas y mantener corredores marinos seguros son medidas que benefician, al mismo tiempo, a las aves, a los peces y a las comunidades costeras que viven de ambos.

En Proyecto Atlántida seguiremos prestando atención a estos vigías emplumados, porque entender lo que les ocurre es, en buena medida, entender lo que le ocurre al Atlántico que nos rodea.

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