Paisajes que respiran por nosotros: el carbono escondido en las marismas del suroeste andaluz
Photo: marisma salinas humedal Andalucía aves acuáticas atardecer, via img.europapress.es
Cuando se piensa en soluciones frente al cambio climático, la imaginación colectiva suele viajar a los bosques, a las energías renovables o a la tecnología de captura de carbono. Rara vez se detiene en un paisaje de agua somera, lodo y vegetación halófila que se extiende entre el Guadalquivir y el Guadiana. Sin embargo, las marismas y los antiguos complejos salineros del suroeste andaluz están demostrando, medición tras medición, que constituyen uno de los sumideros de carbono más eficientes de la península ibérica.
El suelo que no se olvida
La clave de estas marismas reside en un proceso aparentemente sencillo. La vegetación de los humedales costeros —espartina, salicornia, junqueras— absorbe CO₂ durante su crecimiento y, al morir, queda sepultada en sedimentos anegados donde el oxígeno escasea. En esas condiciones, la descomposición se ralentiza hasta casi detenerse, y el carbono permanece atrapado durante siglos o incluso milenios.
Los investigadores que trabajan en el golfo de Cádiz manejan cifras que invitan a la reflexión: determinadas marismas pueden acumular carbono en el suelo a un ritmo varias veces superior al de un bosque mediterráneo equivalente. A ello se suma otra ventaja menos visible pero decisiva: si el humedal se degrada o se drena, ese carbono acumulado puede liberarse de forma acelerada. Proteger una marisma no es solo conservar un sumidor activo; es evitar encender una chimenea de emisiones.
Medir lo invisible
Convertir esa idea en datos rigurosos exige trabajo de campo paciente. Los equipos científicos que operan en espacios como las marismas de Doñana o los carrizales del litoral onubense emplean torres de flujos equipadas con analizadores de gases que registran, minuto a minuto, el intercambio de CO₂ entre la superficie del humedal y la atmósfera. A ello se suman núcleos de sedimento extraídos del sustrato, cuya datación permite reconstruir la historia de acumulación de carbono a lo largo de décadas o siglos.
«Cada centímetro de sedimento es una página de un archivo climático», explica un investigador del área costera consultado para este reportaje. «Cuando analizamos las salinas activas y abandonadas de la bahía de Cádiz, comprobamos que la gestión humana puede acelerar o frenar la captura. Una salina activa mantiene un flujo de agua y sedimento continuo; una salina abandonada que se colmata y se seca puede pasar de sumidero a foco de emisiones en pocos años».
Restaurar con criterio
Frente a ese riesgo, han surgido en los últimos años iniciativas de restauración que entienden las salinas históricas no como ruinas, sino como infraestructura climática. El principio es sencillo: recuperar la conectividad hidrológica con el mar, permitir la entrada regular de agua y marea, y dejar que la vegetación y los sedimentos hagan el resto.
En la bahía de Cádiz y en el litoral de Huelva, proyectos impulsados por universidades, administraciones autonómicas y colectivos de salineros están ensayando modelos de gestión que combinan tres objetivos: recuperación de biodiversidad —avocetas, chorlitejos, peces estuarinos—, mantenimiento del patrimonio cultural de la sal y maximización del secuestro de carbono. Los primeros resultados sugieren que las marismas restauradas alcanzan tasas de acumulación comparables a las de humedales naturales en un plazo relativamente corto, lo que convierte la restauración en una de las estrategias climáticas con mayor retorno por euro invertido.
Del dato a la política
El desafío ya no es tanto científico como institucional. Los llamados ecosistemas de carbono azul empiezan a incorporarse a los marcos internacionales de contabilidad climática, pero su reconocimiento en la planificación territorial española sigue siendo desigual. Mientras un humedal se valore únicamente por su función recreativa o paisajística, será vulnerable a presiones de uso que comprometan su función de sumidero.
Los investigadores consultados coinciden en un mensaje: hace falta inventariar, monitorizar y dar valor normativo a estos paisajes. Contar con mapas precisos de dónde se almacena el carbono azul en el suroeste andaluz permitiría priorizar restauraciones, orientar compensaciones de emisiones y justificar la protección de zonas que hoy carecen de figura legal específica.
Proyecto Atlántida continuará siguiendo estos trabajos de campo. Porque si hay algo que enseñan las marismas del golfo de Cádiz es que, a veces, la frontera entre el océano y la historia no está en la orilla, sino en el lodo que calladamente guarda nuestro futuro.